Durante los últimos años muchos líderes políticos latinoamericanos han podido contemplar el mundo con cierta vanidad. Mientras Europa y los Estados Unidos han estado atascados en un estancamiento económico, América Latina ha disfrutado una fuerte recuperación, en su mayoría habiendo surcado la recesión sin daños duraderos.

Estimulados por afluencia de capital, por precios récord de las mercancías de exportación, por políticas acertadas y por una fuerte expansión del crédito nacional, la región tuvo un crecimiento económico de 6% y está en camino a lograr cerca de 5% este año. Esta semana trajo una sacudida a esta complacencia. En la medida en que el miedo rondaba los mercados financieros en todo el mundo, las bolsas de valores y las monedas de la región se derrumbaron el 8 de agosto. El índice Bovespa de Brasil se desplomó en 8.1%, el real cayó a su punto más débil contra el dólar en tres meses y el peso mexicano se desplomó a su punto más bajo en seis meses.

A partir de entonces los mercados permanecieron inconstantes. ¿Peligra entonces la recuperación de América Latina? “Esta es la segunda vez que la crisis afecta al mundo, y por segunda vez Brasil no está temblando”, declaró Dilma Rousseff su presidenta. “Estamos en una posición mucho más fuerte para enfrentar la crisis de lo que lo estábamos a principios del 2009 y finales del 2008.” En algunos aspectos eso es cierto. Las reservas en moneda extranjera de la región se han incrementado sustancialmente desde octubre de 2008 (en el caso de Brasil de $200 mil millones a casi $350 mil millones). Enfrentados a sobrecalentamiento y monedas que se han hecho incómodamente fuertes, perjudicando a los fabricantes, los formuladores de política en Brasil y otros países sudamericanos calladamente desearían una modesta caída en sus tasas de cambio. Una preocupación es que la inflación en Sur América ha subido (en Brasil es de 6.9%, por encima de la meta del Banco Central). Pero Augusto de la Torre, el jefe económico del Banco Mundial para la región, señala que la devaluación tiene menor impacto en las expectativas de inflación de lo que era en los años de 1990. Esto es un tributo a la credibilidad acuñada por los formuladores de política económica de la región. Los países mejor manejados de América Latina también tienen más herramientas políticas disponibles que la mayoría de las economías ricas. Habiéndose pasado los últimos nueve meses incrementando las tasas de interés para enfriar la demanda, los bancos centrales podrían reducirlas de nuevo si fuese necesario (a pesar de que la preocupación por la inflación significa que probablemente no se apresurarán a hacerlo). Los déficits fiscales son relativamente modestos. Al igual que la carga de la deuda pública,  excluyendo al muy endeudado Caribe, este promedió solo 32% en el 2010, según la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas.

La razón principal por la que los latinoamericanos permanecen optimistas es porque la amenaza del mundo exterior es diferente de la del 2008. En ese entonces la caída de Lehman Brothers provocó un repentino cese de afluencia de capitales a la región. Ahora, a menos que el pánico de los bancos de la eurozona se riegue, el miedo es a un largo período de estancamiento en el mundo desarrollado. Dos cosas compensan esto en América Latina. Primero, el motor principal del crecimiento en Sur América ha sido especialmente la demanda china de sus minerales, alimentos y otras materias primas. Esto parece que continuará. Segundo, el crecimiento cada vez más proviene del consumo de los latinoamericanos mismos, en la medida que decenas de millones salen de la pobreza y se benefician del crédito recién disponible. Por tanto México, que fue el que más sufrió en el 2009 y es vulnerable a un crecimiento más lento en los Estados Unidos, tiene más alcance que otros en la región para expandir el crédito nacional.

 

www.economist.com



COMPARTIR ESTE ARTICULO